sábado, 27 de junio de 2026

2012 Sábado 12 de tiempo ordinario

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19

muchachos y niños de pecho desfallecen por las calles de la ciudad.

Regiones y países hoy muestran las señales de nuestra crueldad de especie superior de la creación. Es la ironía, si no el sarcasmo que asoma en estas circunstancias deplorables que son el efecto de nuestra responsabilidad.

Estamos en una etapa del proceso de la humanidad que no le permite más atribuir culpa a la divinidad.

Más bien en el acontecimiento Cristo podemos comprender que la divinidad es un Padre que sufre con las víctimas.

Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas; y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte, sino que te anunciaban visiones falsas y seductoras.

Por eso entre los verdugos también se cuentan los falsos mesías, protagonistas de revoluciones falsas, que no aportan cambio sino corrupción sin posibilidad de denuncia.

Entre ellos también los ilusos que promueven la ideología del cambio, más que el mismo cambio, porque no llaman a la conversión y la autocrítica para no perder poder y base política.

levanta hacia él las manos por la vida de tus niños, desfallecidos de hambre en las encrucijadas.

Porque en su aparente impotencia es capaz de desarrollar el verdadero cambio desde los detalles más menospreciados.

Salmo responsorial: 73

Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo,

El efecto de nuestra oración auténtica es devolverle la memoria al Señor para que deje de olvidarnos.

Pero el asunto se torna grave cuando nosotros perdemos la memoria de su intervención a favor nuestro y nos perdemos en el olvido de Dios.

Que el humilde no se marche defraudado, / que pobres y afligidos alaben tu nombre.

Hagámosle memoria que algunos no lo han olvidado y esperan de su misericordia.

Que ellos, los más humildes sean nuestra protección y intercesores.

Mateo 8, 5-17

"Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho".

"Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe

Seguramente el criado o esclavo podría ser israelita, con lo cual los contrastes se acentuaban. Porque un pagano, un perro infiel, cuida de un inferior en la escala social e israelita, y encima deposita su confianza de curación en otro israelita como Jesús: tiene vivir una fe paradigmática, rompedora de límites y prejuicios.

Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: "El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades

Jesús alabó una fe solidaria, como la de él.

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Sábado 12ª semana de tiempo ordinario

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19

Salmo responsorial: 73

Mateo 8, 5-17

DOCTORES DE LA IGLESIA




 
De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo.
(Homilía 6 Sobre las bienaventuranzas: PG 44, 1270-1271)

DIOS PUEDE SER HALLADO EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE

La salud corporal es un bien para el hombre; pero lo que interesa no es saber el porqué de la salud, sino el poseerla realmente. En efecto, si uno explica los beneficios de la salud, mas luego toma un alimento que produce en su cuerpo humores malignos y enfermedades, ¿de qué le habrá servido aquella explicación, si se ve aquejado por la enfermedad? En este mismo sentido hemos de entender las palabras que comentamos, o sea, que el Señor llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo poseen en sí mismos. Dichosos, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Y no creo que esta manera de ver a Dios, la del que tiene el corazón limpio, sea una visión externa, por así decirlo, sino que más bien me inclino a creer que lo que nos sugiere la magnificencia de esta afirmación es lo mismo que, de un modo más claro, dice en otra ocasión: El reino de Dios está dentro de vosotros; para enseñarnos que el que tiene el corazón limpio de todo afecto desordenado a las creaturas contempla, en su misma belleza interna, la imagen de la naturaleza divina.

Yo diría que esta concisa expresión de aquel que es la Palabra equivale a decir: «Oh vosotros, los hombres en quienes se halla algún deseo de contemplar el bien verdadero, cuando oigáis que la majestad divina está elevada y ensalzada por encima de los cielos, que su gloria es inexplicable, que su belleza es inefable, que su naturaleza es incomprensible, no caigáis en la desesperación, pensando que no podéis ver aquello que deseáis.»

Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con que lo habéis embadurnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en vosotros la hermosura divina. Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la herrumbre, en seguida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de manera semejante, la parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las manchas de herrumbré contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza con su forma original y primitiva y así, por esta semejanza con la bondad divina, se hace él mismo enteramente bueno.

Por tanto, el que se ve a sí mismo ve en sí mismo aquello que desea, y de este modo es dichoso el limpio de corazón, porque al contemplar su propia limpieza ve, como a través de una imagen, la forma primitiva. Del mismo modo, en efecto, que el que contempla el sol en un espejo, aunque no fije sus ojos en el cielo, ve reflejado el sol en el espejo, no menos que el que lo mira directamente, así también vosotros -es como si dijera el Señor-, aunque vuestras fuerzas no alcancen a contemplar la luz inaccesible, si retornáis a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en vosotros desde el principio, hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos.

La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti. Si tu espíritu, pues, está limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que mancha, eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza, y, habiendo quitado de los ojos de tu alma la niebla que los envolvía, puedes ver claramente, con un corazón sereno, un bello espectáculo. Resumiremos todo esto diciendo que la santidad, la pureza, la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina, por medio del cual vemos a Dios.