lunes, 27 de julio de 2026

PALABRA COMENTADA

Lunes 17 de tiempo ordinario 

Año Par

Jeremías 13, 1-11

estaba estropeado, no servía para nada

De este modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén

se niega a escuchar mis palabras

Las palabras que uno se niega a escuchar pueden venir por diferentes medios, como el gesto del ceñidor de lino de Jeremías.

Pueden venir de quienes no soportemos su presencia, y nos parezca querer molestar para vengarse y saciarse.

será como ese cinturón, que ya no sirve para nada

así me adherí la casa de Judá y la casa de Israel -oráculo del Señor-, para que ellas fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, mi ornamento; pero no me escucharon

Según la Palabra, en su momento en Jerusalén, estando para ser aniquilada, el Señor que era como un cinturón que se adhería a la cintura, dejó de servir, por la cerrazón y soberbia del pueblo y sus dirigentes.

Total responsabilidad humana por no escuchar y seguir la Palabra.

Por lo tanto, el alegato de la Palabra es que si el Señor llega a ser inservible en la vida del fiel, no es su responsabilidad.

Y por lo tanto la consecuencia que conlleva: abandono del acompañamiento del Señor, por alejamiento del ex-fiel.

se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros

La soberbia que es sinónimo de no escuchar también es sinónimo de endurecerse en una conducta alienante e irresponsable.

Interleccional: Deuteronomio 32

Despreciaste a la Roca que te engendró, / y olvidaste al Dios que te dio a luz

En las relaciones familiares ocurren abominaciones, que sugieren como parábolas las distorsiones que acechan nuestra relación con el Señor, porque hay hijos que desconocen  e irrespetan a quien los dio a luz con amor.

Y hay padres que abusan y dañan las relaciones que pudieron ser constructivas.

Con ello la solidez de la existencia se pone en riesgo y vulnerabilidad. Por eso la familia es la primera parábola viviente del evangelio.

Mateo 13,31-35

"El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas."

Un modo de vivir, al alcance de la mano, pero con una enorme pujanza de crecimiento. Una realidad animada por un imparable desarrollo, aunque no lo pretendamos.

"El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente."

En nuestro tiempo se ha hecho sentir una realidad naciente, que colma nuestros sueños de equidad, y no hay forma de detener su avance, para preocupación de los que controlan el orden, más allá de lo justo.

La desproporción entre el inicio y el desarrollo, que produce asombro, admiración y satisfacción.

 

"Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo."

Porque estas realidades, por enigmáticas, no suelen ser material para la comunicación manipulada por el mercado. Más bien son temibles para quienes se aferran al orden inicuo y elitista.

Las parábolas, los enigmas, los desafíos a la comprensión de la existencia surgen como puertas que se pueden abrir a la sabiduría, que significa escuchar y cumplir la Palabra.

Hemos de preguntar cada día: cuál es la parábola de hoy? Aquella que nos revela lo pequeño, por donde llega la sabiduría y la salvación del reino.

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Lunes 17 de tiempo ordinario 

Año Par

Jeremías 13, 1-11

Interleccional: Deuteronomio 32

Mateo 13,31-35

SAN CARLO DE JESÚS ACUTIS DE ASÍS



De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 25, 1: CCL 103, 111-112)

LA MISERICORDIA DIVINA Y LA MISERICORDIA HUMANA

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina.
¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da queremos recibir, y cuando nos pide no le queremos dar? Porque cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer.
No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia.
Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.